RUSIA, EL TRANSIBERIANO



RUSIA, EL TRANSIBERIANO

Hace ahora 10 meses empecé un viaje que me ha de llevar, en 3 etapas y, más o menos, 3 años, a dar la Vuelta al Mundo.

Lo primero que hice fue ir a Londres, a la Royal National Geográphical Society a presentar mis respetos a Phileas Fogg, el personaje que inventó Verne para convertirlo en un mito viajero y en el literario precursor de todos los que hacemos el Gran Viaje.

La ruta principal del tren transiberiano fue inaugurada el 21 de julio de 1904 Con una extension de 9 288 km une Moscu con la costa rusa del oceano Pacifico atravesando la mayor parte de Asia Esta via que atraviesa ocho zonas horarias y cuyo recorrido dura cerca de 7 dias de viaje Hay ramales a China a traves de Mongolia y Manchuria con servicio continuo a Corea del Norte

Cumplido ese trámite protocolario que me había autoimpuesto como supersticioso rito viajero, ya metido en faena me hacía ilusión empezar mi viaje en un ferrocarril. El tren para mí tiene una mística especial y trenes, trenes, con mayúsculas y solera, sólo hay dos: el Oriente Express y el Transiberiano.

TREN TRANSIBERIANO

A parte de que el viaje en Orient Express ya lo hice hace casi 30 años, por más que por él haya hecho Agatha Christie, para mí no hay color. El Orient no deja de ser, hoy en día, un ambientado hotel de lujo sobre raíles, así que aposté por la autenticidad del Transiberiano y su carga legendaria. Ese viaje, cruzando Rusia desde Moscú a Vladivostok, me llevó a las aventuras y desventuras que relaté en los cinco artículos que, si a alguien le apetece, puede encontrar íntegros en mi blog “Alas y Viento“.

El primer obstáculo ya lo encontré, todavía sin haber salido de Barcelona, para conseguir el visado de entrada a Rusia…

Rusia (1). Moscu. Las cosas son así.

“En la embajada rusa, para tramitar el visado, me atiende una señorita de generoso y abundante cuerpo socialista con ojos azul pálido más bien amenazantes. Me pide una “carta de invitación” y, para conseguirla, dice, he de entregar una relación de ciudades que visitaré y de los hoteles en que me alojaré. Le digo que yo eso no lo sé, que viajo sin organización y que voy haciendo mi itinerario sobre la marcha. En cuanto a los hoteles, le explico, no tengo ni idea dónde voy a dormir porque los voy contratando a medida que concreto planes. La soviet me contesta, con ese tono grave de zumbido de mosca cojonera que le dan los rusos a la “s”:

– Lasss cossas ssson assi.

Coño! me digo, esto no va a ser fácil. La perla en cuestión no muestra la menor empatía y, más que una funcionaria, parece un sargento de artillería. ¡Anda! Sin haberlo pensado, me ha salido un pareado. Bien, a lo que vamos:

Le digo 2 veces más lo mismo, cambiando palabras y añadiendo argumentos, y otras tantas ella me repite mecánicamente y sin la menor mueca que pueda parecerse a una sonrisa:

– Lasss cossas ssson assi.

Al final, desesperado y a punto de tirar la toalla, le suelto:

– Ostras señorita, como es usted!

Ella me clava una mirada siberianamente gélida que hace que un escalofrío me recorra esa delicada parte que va desde el orto al escroto y, tras unos tensos segundos, me contesta igual de seria:

– Cómo Sssoy? Sssoy russa.

¡Acabáramos! ¡Como si eso lo explicara todo! Se da la vuelta sin decir nada mas y, cuando ya pensaba que había dado por acabada la conversación con esa sentencia, se acerca a su escritorio, coge un papelito fotocopiado y me lo da diciendo, con las “r” intermedias remarcadas atronadoramente:

– Emprressa que sssolucionarà sssu prroblema.

¡Milagro de San Rasputin! Efectivamente, llamo al teléfono que pone el papelito y, por 40 euros, todo solucionado. Ellos se encargan del cumplimiento de requisitos. ¡Haber empezado por ahí!”

Con mi visado en perfecto estado de revista, y todas mis ilusiones en carne viva, llego a Moscú, una ciudad tan petrea como majestuosa. Pasar de la alegre y bulliciosa Londres a las profundidades de la triste y fría Moscú debería requerir descompresión pero, además, allí, casi sin tiempo de aclimatación, subo ya al Transiberiano. Yo entonces no lo sabía, pero ese fue el inició de un viaje que no sólo transcurre por una Siberia de aridez inhumana, sino también por los abismos insondables que todos, lo sepamos o no, tenemos dentro…

Rusia (2) Ekaterimburgo. El Transiberiano.

“Estamos ya en Siberia, una de las tierras más duras del mundo, con un invierno infernal. Las temperaturas bajan hasta los 50 grados bajo cero helando el suelo hasta tanta profundidad que castran toda posibilidad de agricultura. A 2.000 Km de Irkutz empieza a nevar. Último coletazo del invierno, espero. La tundra, la taiga, la estepa, ríos y campos de trigo van pasando por la ventanilla a 120 km por hora.

Las azafatas derrochan mal humor y antipatía. No sé si les sale de natural o es una cuestión de entreno y una alimentación adecuada. En realidad, los rusos no hace ni 30 años que son algo parecido a una democracia más o menos abierta al mundo, y  los extranjeros no les caemos bien. La cosa va cambiando entre los jóvenes, pero el tema va para largo.

Todo lo que se puede hacer en el tren es comer, beber, dormir, leer, escribir y, quizás, algo de gimnasia para desentumecer músculos y no quedarte tieso. Y pensar, mucho tiempo para pensar. En ti mismo, en tu gente, en recuerdos del pasado, en proyectos de futuro… En la soledad, en el desamor, en la vejez, en lo que le debes a la vida y en lo que te falta por cobrarle… En mi casa, vacía… Asoma la tristeza con aguijón de bicho malo. De todo hay en el viaje, como en la vida.”

Irkutz es una parada obligada en un viaje en el Transiberiano. Es la belleza del lago Baikal, es aire fresco y es, por si no fuera el Transiberiano y la propia Rusia, ya por sí mismos, bastante aventura, el Great Baikal Trail, uno de los trekkings más alucinantes que se pueden hacer en el Mundo…

Rusia (3) Irkutz. El Great Baikal Trail

Diez horas después de la partida llegó a Bolshoe Goloustnoe hecho una mierda, con agua y barro hasta las orejas. Son las 6 de la tarde. Siento como si me hubiera atropellado una manada de búfalos en estampida. Me quedo en la primera pension-restaurante que veo, quizás es la única, y me regalo una comida de campeonato: pescado macerado y sopa de no sé qué. Por lo menos no tiene pepino. Odio el pepino. Estoy hasta los mismísimos pirindeles del pepino. También me regalo, en pleno dispendio fiestero, una habitación con lavabo para mí solo. Veinte euros todo. Me lo merezco.  Salgo a fumar un cigarrillo y me pongo a temblar como una hoja, no sé si de frio o del desarreglo que llevo en el cuerpo.”

El Transiberiano puede esperar. Si he llegado hasta aquí, no me quiero ir del Baikal sin llegar a la isla de hielo, Olkhon, un lugar con una Naturaleza salvaje e imponente pero que, desde luego, te aseguro es de los últimos lugares del mundo donde querrías vivir…

Rusia (4) Olkhon. Una isla en el hielo.

El norte de la isla forma también parte del Parque Pribaikalsky por el que caminé. Lo visito en un microbús de mediana edad (40 años) conducido por un Fitipaldi suicida. Al bus le cuesta ponerse en marcha, pero, cuando se pone, salta y brinca a todo gas por el camino de carros en un viaje no apto para cardíacos ni estómagos sensibles. Parece una escena de dibujos animados de “Aquellos chalados y sus locos cacharros”. El paisaje, una obra maestra de la Naturaleza con despeñaderos de flojera de piernas enmarcados por el lago helado. Seis horas entre traslados con el bus supersónico y paseos por los senderos del Parque”.

De vuelta a Irkutz y última etapa. El último tramo del Transiberiano es el más difícil. Aquí sí que la aridez esteparia produce movimientos sísmicos en tu interior mientras, fuera, con el invierno ruso deshaciéndose como un enorme iceberg desprendido de su glaciar, Rusia imprime en mis retinas los últimos paisajes inolvidables que ya forman parte para siempre de mi imaginario viajero convertido en realidad…

Rusia (y 5) Vladivostok.El kilómetro 9.288.

De alguna manera, tantas horas de nada, sin alternativa ni escapatoria, convierten el Transiberiano en un viaje interior. La introspección es inevitable y resistirse un esfuerzo inútil. Mi conclusión de ese viaje por mis adentros es que las heridas solo duelen hasta que cicatrizan y que, en cambio, las alegrías no tienen, si tú quieres y las sabes valorar, ninguna fecha de caducidad. Que creo que hago las cosas bien, pero que juzgarse a uno mismo es tontería. Eso es cosa de los demás. Y que la felicidad te la construyes tu mismo, que lo único que necesitas de verdad es salud, y que la vida sonríe a quien persigue sus sueños, pierda lo que pierda en el camino. Por eso, yo creo que este viaje me va a ir muy bien, que voy a crecer como persona y que la vida tiene preparadas para mí, todavía, bonitas sorpresas y regalos que pienso disfrutar con ilusión infantil. Si, más o menos, algo así.

El martes día 15, puntualmente a las 23,55 hora de Moscú, llegó a la estación de Vladivostok, kilómetro 9.288 del Transiberiano. Final de trayecto. Otro sueño cumplido.”

Y, a partir de ahí, yo sigo… ¡Nos vemos por el Mundo, amigos mochileros!